Por: NÉSTOR MORALES
nmorales@caracol.com.co
elnuevosiglo.com.co
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EN teoría, es cierto que hay que creerle más al Alcalde de Medellín que a Don Berna, el extraditado jefe del paramilitarismo que hoy lo tiene entre la espada y la pared. Pero el alcalde Salazar, en su defensa pública, ha dicho verdades a medias que a mí me aumentan los interrogantes acerca del presunto apoyo y financiación que le dieron las autodefensas para su campaña electoral del año pasado.
No ha dicho toda la verdad, por ejemplo, cuando afirma que el gobierno estaba plenamente informado de las visitas que hacía a los jefes de los paramilitares. Es cierto, sí, que hubo reportes previos y públicos de esos encuentros. Falta por decir, sin embargo, que el comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, expresó su desacuerdo para cada una de ellos, conociendo como conocía a los castaños y bernas que eran los interlocutores de la época.
Es decir, Salazar se escuda hábilmente en que las reuniones que reporta en su carta Don Berna son ciertas y están debidamente documentadas en la prensa, cuando él ejercía como Secretario de Gobierno en la administración Fajardo. Pero sospechosamente se olvida de mencionar que el gobierno las había desautorizado. El que fuesen públicas, pues, no las vuelve legítimas.
La otra cosa que Salazar omite, basado en una imprecisión del denunciante, es la explicación sobre los pactos que hicieron en la Alcaldía pasada con los todopoderosos paramilitares. La imprecisión es que Don Berna asegura que la desmovilización del Bloque Cacique Nutibara fue acordada con Salazar, lo cual es, evidentemente, un imposible. Primero, porque el gobierno municipal de la época lo encabezaba Luis Pérez, y segundo porque el desmonte de esa banda fue negociado con el gobierno nacional.
Pero eso no quiere decir que no haya habido “diálogos” entre los paras y el alcalde Fajardo para definir el futuro de los desmovilizados. Dicho de otra manera, lo que sí pudo negociar Salazar a nombre de Fajardo fue el manejo de esos miles de desmovilizados, todavía delincuentes en potencia que obedecían sin chistar las órdenes de su jefe. Eran tiempos, recuerden ustedes, en que el pulso lo ganaban con relativa facilidad las autodefensas ya supuestamente desarmadas, parando el transporte de la región o reviviendo los pistoletazos intimidatorios y amenazando las cifras de seguridad ciudadana.
María Jimena Duzán y Lucho Garzón se disputan desde hace rato la paternidad del término “donbernabilidad”. No sé cuál sea el cerebro, pero la expresión resume claramente el mando que ejercían Berna y sus colegas antes y después del proceso de desmovilización. Mando que ordenó, efectivamente, una paz frágil y superficial a cambio de la reinserción de miles de hombres que habían quedado desocupados y bailando solos.
Los acuerdos de hace 4 años no han funcionado, así panfletos oficiales insistan en vender el exitoso modelo de Medellín. Los desmovilizados allí son los más violentos del país, y el resurgimiento desordenado de nuevas bandas mafiosas ha copado espacios que antes pertenecían a Don Berna y a Carlos Castaño. En ese caldo de cultivo surgió Daniel Rendón, alias Don Mario, un hombre que ya probó su capacidad de seducción corrompiendo al fiscal Guillermo León Valencia Cossio, el hombre de la cuatrimotor más célebre del país.
Todo lo que le pasa a Medellín hoy es, en consecuencia, una derivación del mismo poder mafioso de siempre. Y la clave para destramar la historia la tiene su Alcalde, quien como escritor contó verdades crudas y maravillosas de la ciudad, y ahora tiene el reto de escribir en primera persona para revelar qué fue lo que pactó a nombre de otros.